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26.7.11

Un hallazgo en el análisis dramático de Lazy Town



Lazy Town es una serie de televisión infantil de origen islandés, creada y protagonizada por Magnús Scheving (excampeón europeo de gimnasia). En Latinoamerica se emite por la señal Discovery Kids.
El argumento, como suele suceder en estos casos, es muy sencillo: Stephanie, la protagonista de 9 años, llega al pueblo donde su tío es Alcalde, con intenciones de quedarse cierto tiempo. Entonces descubre que allí todos los niños son muy perezosos. Ante la decepción y el aburrimiento de no poder jugar con nadie, su tío le sugiere que contacte a Sportacus, una especie de héroe de la actividad física y la comida sana.
El antagonista de Sportacus es Robbie Rotten, un adulto amante de los placeres oníricos que vive en un escondite bajo tierra. En cada capítulo, intenta mediante diversas asechanzas convertir a Lazy Town en el pueblo más perezoso del mundo.

El objetivo de este post “resurrección” es investigar en lo profundo de la trama de esta serie mediante el paradigma de la ausencia de elemento sobrante o Principio del arma de Chéjov.
Centrándonos en el primer episodio, podemos rescatar el principal dato disruptivo, aportado por el alcalde Milford: En realidad el tío de Stephanie le sugiere que contacte al Número 9, que tiempo atrás era el héroe y protector de Lazy Town. Stephanie le envia una carta pero responde Sportacus que es el Número 10, es decir su continuador. El Número 9 no aparece en los 51 episodios siguientes, tampoco se revela su identidad.

A partir de este primer interrogante, surgen otros tres datos secundarios:

1) En Lazy Town hay 4 niños sin contar a Stephanie. Nunca aparece ningún padre,
tutor o encargado. Los niños están solos. Los únicos adultos en Lazy Town además
de Sportacus son Robbie Rotten, el alcalde y su secretaria.
2) La personalidad de Robbie Rotten es francamente contradictoria. La cantidad de
esfuerzo que le demandan sus intrincados planes para volver a Lazy Town un lugar
aburrido y tranquilo, lo convierten en la persona más activa del pueblo.
3) En algunas ocasiones hasta se “entusiasma” olvidando temporalmente el fin último
de sus planes. Este rasgo se evidencia más claramente en el episodio “Rottenbeard”, en el que se divierte jugando a los piratas con los
niños y cantando “You are a pirate”. De hecho, esa es la canción que Robbie elige en el episodio que cada personaje nos cuenta su canción favorita.
4) La guarida de Robbie está plagada de objetos asombrosos y maquinarias sofisticadas como la que le permite disfrazarse de casi cualquier cosa.

La hipótesis planteada entonces es: Robbie Rotten era el Número 9

Un casi héroe como Sportacus, siempre presente a la hora de divertirse con los niños, pero que descubrió la contracara del progreso. En un pueblo pequeño y sin oportunidades, los niños activos y sanos al crecer emigran (o trabajan todo el día en alguna ciudad vecina importante). En el pueblo sólo quedan el inútil del alcalde y la alcohólica de su secretaria. El móvil en el accionar de Robbie Rotten no sería entonces la pereza, sino el temor a la soledad y la intención de retener a esta nueva generación de niños. Su bronca siempre es con Sportacus y Stephanie, los que vienen de afuera a querer cambiar las cosas (Sportacus no es de Lazy Town, sino de una isla en el Mar del Norte) y que algún día así como llegaron se irán (cosa que efectivamente ocurre con Stephanie).

A los que me llamen fumado quiero decirles que lo mismo me dijieron cuando planteé que los Pitufos eran una alegoria comunista, y al final yo tenía razón.

19.11.10

La Cantina de Bernarda (Parte 4)

Parte 1
Parte 2
Parte 3

Los últimos años de los ochenta y los primeros de los noventa, fueron los de mayor popularidad para la cantina. Sanchez Tori, en cada visita que hacía a Buenos Aires, traía de visita a sus amigos artistas, muchos de los cuales al igual que Estela, seguían viniendo por su cuenta. El sitio se convirtió en parada obligada para la bohemia porteña y todos adoraban a Bernarda y Estela como a un mismo Dios, que revelaba su indómito brío en una, y al mismo tiempo su apacible hermosura en la otra.
Aunque los precios, como también los ingresos, se fueron multiplicando; el tano le tenía autorizada a Ramón cierta condescendencia para con los clientes de la primera hora. Esta holgura económica permitió que la cantina cumpliera en el barrio un rol social de cierta importancia. Las actividades, al ser realizadas de día, no contaron jamás con la presencia de Bernarda; pero a pesar de ello, la gente se sentía agradecida especialmente con ella porque percibían que, de algún modo, todo eso era posible gracias a su figura.
Todo esto fue cambiando con el correr de la década del noventa. Las políticas neoliberales, pero sobre todo la magnitud del cambio en el neocortex social, fueron generando un creciente desinterés por todo lo que ese espacio representaba. Una parte importante de la troupe que frecuentaba el lugar comenzó a ausentarse, lanzados a la búsqueda de los medios que aseguraran su subsistencia. La familia Mondragón que ya era rica, se volvió exageradamente rica; trasladando su morada a un palacete en Mónaco durante los seis mejores meses del año. Estela, a pesar de ser fuertemente hostigada para trasladarse con ellos, permaneció en Buenos Aires conviviendo con los criados, quienes de esta forma se convirtieron en guardianes que velaban por su comportamiento, aprontados para utilizar el discado directo internacional en cuanto se desviara de los cánones aceptables.
La niña de todos modos no les ocasionó mayores trastornos, pasando sus tardes leyendo y escribiendo, y por las noches asistiendo a la cantina con una actitud más distante de lo habitual. Bernarda en esta etapa comenzó un nuevo rampage de desquicio, tal vez inconcientemente buscando un equilibrio en el ambiente, tal vez concientemente intentando despertar a su amada del letargo en el que se encontraba. Lo concreto es que la mayoría de los presentes estábamos convencidos que Estelita sabía que se había escapado de su lugar en el mundo, y que inevitablemente habría de regresar allí. Y que entonces, esa marchites que proyectaba era fruto ni más ni menos del profundo entuerto con el que hacia sus adentros se debatía.
Una noche Bernarda se apareció por la residencia de Avenida Alvear. Fuera de sí, gritaba hacia la ventana de la señorita Mondragón que termine su sufrimiento, y que si era tan importante para ella que se fuera a chuparle la penca al burro con toda su familia de weones culiaos. Estela entre lágrimas solicitó al personal de seguridad que la retiraran de las inmediaciones y que por favor se ahorren el llamado a Mónaco. Alertados nosotros la noche siguiente llegamos todos temprano a la cantina para hacerle el aguante a Bernarda, que ya estaba desde primera hora de la tarde bebiendo en silencio. Intentamos que la noche transcurriera lo más rutinariamente posible, y Rubén llamó a Ricky Rovner, una especie de Johnny Tedesco más venido a menos que el propio Johnny Tedesco, para que viniera más temprano. Mas no pudimos conseguir que Bernarda se levantara de su silla, sólo bebía y lloraba, y volvía a beber. Esa noche se festejaba un cumpleaños, y pasada las diez había bastante gente que estaba ajena a la situación y se divertía de lo lindo, para tranquilidad de los dueños. Pero a eso de las doce y veinticinco, según quedaría asentado luego en los registros policiales, se apareció Estela, ostentando un atuendo que dejó inmediatamente sin aliento a la platea masculina. Entró y directamente se puso a bailar, un poco con los cumpleañeros, otro poco con nosotros, que inquietos intentábamos seguirle la corriente pero siempre atentos a la mesa de Bernarda, donde era muy fuerte comprobar que la silla que estaba vacía era la opuesta a la acostumbrada. Las alucinaciones de Estela, que estaba fuertemente dopada, provocaban sonoras carcajadas en los festejantes. Ricky alentado por la aparente algarabía, pidió más metros de cable y bajó a bailar en medio de la muchedumbre. Por algún motivo pensó que era una buena idea sacar a bailar a Estela, quien respondió la gentileza con un imponente baile sensual, con el que recorrió todo el cuerpo del señor Rovner y culminó con un apasionado beso en la boca y una evidente manoteada de bulto. De pronto fue como si una galerna azotara la totalidad de ese recodo de La Boca. Bernarda voltió varias mesas, recorriendo el espacio a pasos agigantados, los separó de un empujonazo y no escucho voz alguna, se perdió en el pasillo del fondo que daba al depósito y volvió con una botella en la mano como arma, la cual partió en la cabeza del pobre Ricky que cayó desplomado en el suelo. Eran inútiles los esfuerzos de las cinco personas que intentaban contenerla, con flexibilidad se les escapara como manteca a los que la agarraban por detrás y con una fuerza diabólica desplazaba a los que se le ponían por delate. Con la botella partida tenía la firme intención de terminar con su inesperada víctima, pero Estela ya había encontrado la faca propiedad de su padre, que había empezado a llevar consigo a partir de algún robo y en un confuso trenzamiento la abrió entera la yugular a aquel demonio chileno. La gente salía horrorizada a los gritos pidiendo ayuda, pero la ambulancia demoró una eternidad y la experiencia en primeros auxilios de los presentes era paupérrima. Junto con la ambulancia llegó la policía que encontró a Estela hecha un bollo en el suelo junto a su gran amor. Así se retiraron la última vez que pisaron el suelo de esta cantina, una en camilla, la otra del brazo de un cabo primero.
Bernarda falleció camino al hospital. La familia Mondragón retorno a la Argentina en el primer vuelo luego de ser anoticiados y, en breve, designaron al mejor abogado disponible para el caso de su hija que se resolvió en tiempo record. Estela pasó dos meses en el Pirovano dos meses de internación durante los cuales no supimos nada de ella. Luego de algunos incentivos monetarios a determinados funcionarios, fue trasladada a una clínica privada donde al poco tiempo le permitieron salidas a su casa durante los fines de semana. En ese tiempo, Estela estaba más de aquel lado que de este, recordando incesantemente a Bernarda, reviviendo cada instante que había pasado a su lado. Recordó todas las veces que habían conversado sobre el poético suicido de Lupe Vélez, acostada en una cama rodeada de flores, pero que no había salido del todo bien porque se descompuso y murió de un golpe al resbalarse con su propio vómito camino al baño. Pero Estela tenía la ventaja de conocer también la vida y muerte de la Pizarnik, y sabía que la dosis correcta para lograr su cometido eran cincuenta pastillas de Seconal, ofreciéndole ese último regalo de reunificación y perdón a su alma complementaria.
Los restos de Bernarda descansaban en una fosa común, pero cediendo tardíamente a las voluntades de su hija, consiguieron darles sepultura juntas en el panteón familiar. Allí igualmente van sólo los Mondragón, porque todo el mundo sabe que si quiere recordar a Bernarda y Estela, debe concurrir a Suarez y Necochea y dejarse hipnotizar por el aire festivo, y esa mesa con dos sillas vacías que ocupa el centro de la escena.

F I N

16.9.10

La cantina de Bernarda (Parte 3)

Parte 1
Parte 2

Los meses siguientes fueron una especie de “edad de oro” en la cantina. La disposición de las mesas se cambió de modo que quedaba una casi en posición escénica, la cual obviamente se reservaba para Bernarda y Estela. Los días que llegaban temprano se sentaban a charlar y a beber, ella whisky y ella soda, acompañado por algún entremés que proveía Ramón el camarero polifuncional de la cantina. La gente que iba llegando formaba una especie de desfile en el que los dueños de la cantina, Ramón, Rubén y el resto de la tropa eran saludados con un gesto de cabeza y se terminaba en la mesa de ellas saludando con un besito a cada una. Nunca terminó de quedar claro si las constantes interrupciones que esta costumbre generaba les provocaban cariño o irritación. Probablemente una mezcla de ambas. Durante el transcurso de la noche el volumen de voz de Bernarda se iba elevando, al igual que la frecuencia de sus características carcajadas. Una vez que empezaba la música, Bernarda elegía los temas claves para lanzarse a la pista, Estela invariablemente se quedaba en su silla observando mientras terminaba el tercer vaso de soda y pedía el primero y único de gin tonic.
La relación entre Ramón y Rubén da para escribir varios libros aunque todavía no se si de filosofía, de física o de lógica. Uno podría jurar que eran una demostración de la existencia de universos paralelos por medio del ejemplo anómalo. O sea, ellos estaban en el mismo plano, en la misma cantina, Rubén y Ramón, uno camarero polifuncional, el otro encargado, uno flaco, otro gordo, uno con importante cabellera canosa, otro con sólo unos pocos pelos pero bien negros. Disfrutaban enormemente filosofar en la puerta mientras fumaban, tenían un trato como de hermanos, pero en cuanto se separaban se ponían a hablar mierda del otro. Rubén en su intimidad se creía superior a Ramón y cuando imprevistamente se acababa el stock de cerveza lo mandaba volando a comprar algunas al quiosco sacando el dinero de su bolsillo. Ramón en su intimidad se creía superior a Rubén y cuando llegaba gente nueva y no había mesa para sentar lo mandaba a traer las del fondo indicándole exactamente donde deseaba que instale la nueva localidad.
Algunas noches Ellas no llegaban hasta después de las doce de la noche pero sin embargo estaban un poco allí, pues su mesa no era ocupada por nadie y todos conocemos la importancia que puede adquirir un espacio vacío. Lo mismo una vez que viajaron juntas al NOA y la cantina careció de su presencia por algunas semanas. Pero en esa ocasión no fue como antes que la gente comenzaba a desaparecer. Todos sabíamos su paradero mas no su fecha de retorno y cada noche había como una adrenalina ante la expectativa de su regreso triunfal. Porque Bernarda y Estela habían conformado una institución. Una especie de Bi-Monarquía si se me permite la animalada. Otro aspecto relevante es que antes de conocer a Estela, Bernarda era una persona completamente impredecible por lo que cada vez que desaparecía uno no podía saber si algún día regresaría. Pero ahora sabíamos que el poder atemperante que ostentaba Estela nos las traería de vuelta sanas y salvas como efectivamente ocurrió. De todos modos no volvieron a viajar juntas, según me enteré más tarde Estela había tenido serios problemas con su familia al regresar.
Si bien es cierto que Bernarda estaba más tranquila, no había abandonado del todo sus viejas y atractivas costumbres. Una noche a un borracho infeliz se le vino a ocurrir recordar jocosamente el apodo de “Telita”, el cual no se había vuelto a mencionar desde aquella otra noche mágica. Instantáneamente se produjo un silencio de ultratumba. Nadie se movía, sólo Bernarda que tenía una mirada seca y caminaba lentamente hacía el agraviador. Estela rogaba hacia sus adentros que simplemente lo dejara pasar. Cuando lo tuvo cara a cara rejuntó la mejor colección de esputos conocida por el hombre, ayudada por su tabaquismo crónico y el hábito de no cepillarse los dientes, y se lo plasmó en la cara en un inolvidable gargajo. Hubo cinco segundos de conmoción silenciosa. En cuanto el borrachín atinó a abrir la boca para lanzar la primer puteada, Bernarda lo barrió de una patada certera, se le montó encima y comenzó a golpear su cabeza contra la silla más cercana, hasta que por fin algunos valientes lograron separarlos. Oscarcito, recién aquel día me enteré su nombre, perdió un diente en el episodio pero sin embargo no dejó de asistir a la cantina. Eso sí, siempre sentándose en la mesa más lejana a la principal, allá en el rinconcito.

9.9.10

El Árbol de Teneré



Erase una vez una solitaria acacia en al medio del Sahara. 400 kilómetros a la redonda no crecía (ni crece) nada más alto que un simple yuyito. Su única compañía eran ocasionales nómadas que al pasar le daban un abracito en agradecimiento por ser punto de referencia dentro de esa monótona y gigante nada. Obviamente ninguno de estos nómadas se atrevió jamás a tocarle una ramita u hojita, las supersticiones tal vez, o las estrictas órdenes tribales colaboraron en su conservación. Sus raíces se hunden en la tierra hasta unos 36 metros de profundidad donde encuentran los preciados 2 átomos de hidrógeno junto a ese grandote de oxígeno. Cada año los azahari se reunían alrededor del árbol antes de afrontar el cruce del Teneré. Hasta que un día de 1973 un camionero borracho de oguro se la llevo puesta dándole muerte en ese mismo instante.

¿Ficción? ¿alguna fantasía narrada por un djeli? No, nada que ver:
http://es.wikipedia.org/wiki/%C3%81rbol_de_T%C3%A9n%C3%A9r%C3%A9

28.8.10

Negro Boludo

Hernán es mi mejor amigo desde primer grado de la primaria. Fuimos al club juntos y de vacaciones también. Durante mucho tiempo nos veíamos todos los días, pasando nuestras actividades del boludeo crónico al comentario filosófico-deportivo de la vida incesantemente. Como suele suceder, al asistir a secundarios distintos, comenzamos a vernos menos. Después cada uno tuvo sus novias que reclamaban, con derecho, su cuota horaria; con la particularidad de que no solían llevarse bien entre ellas. Aún así, la amistad permaneció intacta. Esa sensación de entendernos el pensamiento de reojo, de complementarse siempre, jugar la pared corta, o armar espontáneamente la escena del policía bueno y el policía malo, no desapareció. Ni siquiera después de pasar meses sin vernos.

Para cuando cumplió veinte años, Hernán llevaba dos de búsqueda laboral sin éxito, no tenía asistencia económico-familiar para la buena vagancia y para colmo aquella novia lo había abandonado. Un día me llamó por teléfono y me avisó que se iba a vivir a Sudáfrica. A partir de ahí fue siempre él el que llamaba porque para mí era más caro y él siempre andaba cambiando de número. Pero lo cierto es que no le fue nada mal, y si bien yo sabía que extrañaba su tierra, el buen pasar eliminaba cualquier intención de retorno. La primera vez que lo llamé yo a él fue en Enero de este año. Cualquiera diría que era una llamada interesada y estaría en lo cierto; pero entre nosotros nunca hubo ese tipo de consideraciones. Después de tres timbrazos escuché su voz:

- Boludo, el mundial empieza en cinco meses, ¿recién ahora se te ocurre llamarme?

No, claro que no se me ocurría recién en ese momento, hacía como un año que venía sacando cuentas. Yo quería llevar a la patrona, porque además sabía que la holandesa que se había levantado allá era de lo más copada. Pero no hubo caso, si quería ir a por lo menos un partido ya no alcanzaba para dos pasajes. Por bastante tiempo tuve casi descartada la idea, pero más se acercaba el mundial, más me subía la fiebre. Finalmente, luego de una charla de dos horas el amor de mi vida me convenció de que lo hiciera, 100% de apoyo, y yo sabía que en algún momento se la iba a cobrar.

Llegué quince días antes de la fecha inaugural, como no pagaba alojamiento, no resultaba mucho más caro evitar el quilombo de vuelos de último momento. Y además teníamos que ponernos a tiro luego de siete años de amistad a la distancia. Apenas bajé del avión me esperaba con una noticia sorpresa: había encontrado una escuelita de teatro en los suburbios de Johannesburgo donde unos estudiantes daban una obra basada en los poemas de Victoria Ocampo, autora que él sabía había despertado mi pasión literaria. La coincidencia era realmente asombrosa, que unos pibitos de dieciséis años a ocho mil kilómetros se pusieran a laburar con eso me hacía repensar si la cultura general argentina era tan buena comparada internacionalmente como yo creía. Después de dejar los bolsos en su casa y pegarme una ducha emprendimos el viaje hacia el lugar. Al llegar sacamos los boletos, fumamos dos cigarrillos como en los viejos tiempos y entramos a la sala que ya estaba a oscuras. Los chicos como era de esperar actuaban pésimo, mezcla de rito pagano y acto de escuela, y como también era de esperar no entendía un comino de lo que decían, pero me la banque como un duque. Pero ya transcurridos quince minutos de obra no me quedó duda de que lo que estaba viendo era “Los Traidores” de Silvina Ocampo, a quién aborrezco profundamente. Como sabía que a Hernán le daba lo mismo cualquier cosa y probablemente estaba pensando en que íbamos a comer a la salida, no dude en darle la orden de retirada en ese mismo momento. Así, después de salir a hurtadillas, nos encontramos fuera del lugar. No me molesté en explicarle a mi amigo que diferencia enorme hace un nombre de pila, como calculo que usted no se molestaría en explicarle a un checoslovaco que diferencia enorme hay entre un chileno y un argentino.

Caminamos dos cuadras hasta una parada de taxis, el primero de ellos tenía una bolsa de plástico de color atada a la puerta del acompañante, la cual me pareció como una especie de señal. Agarré a Hernán del brazo y le dije:

- Mejor tomemos otro

- Pero no seas pelotudo, ¿Qué te pensás? ¿Qué seguís en Argentina? – me respondió, obviamente interpretando mi preocupación.

La verdad es que a mí el país no me parecía para nada seguro. Pero él me aseguraba que era sólo en pinta. “En cambio en Argentina te parece que estás en el mejor lugar hasta que te ponen”. El auto era una especie de Volkswagen Senda y estuvimos un rato yendo por una autopista. Hernán hablaba conmigo y cada tanto cruzaba algunas palabras con el chofer y me guiñaba el ojo como diciéndome: “¿viste cagón?”. De esa conversación nuevamente yo no entendía nada, pero de a poco sentí como iba subiendo en volumen y en tensión, además Hernán ya no retornaba a nuestra conversación inconclusa que probablemente era de minas. Llegado cierto punto evidentemente reconoció que no podía seguir negando la situación y me miró con cara entre sorprendida y adrenalínica diciéndome: “Este negro de mierda se piensa que nos va a afanar a nosotros”. En el mismo momento el conductor-ladrón tomo un arma de la guantera y se enfiló para una bajada que evidentemente no era la nuestra. Antes de darle tiempo para apuntarnos comenzamos a forcejear. Mayormente yo sostenía el brazo en el que llevaba el arma y Hernán lo golpeaba lo más duro que podía dada la incómoda posición. Nunca nos dimos cuenta que íbamos tan rápido, sólo cuando pude zafar la pistola de la mano pude mirar para afuera y alcancé a gritar:

- ¡Pará que nos matamos!

12.7.10

Pequeño tratado sobre circulación pedestre

Si lo que anda buscando son fotos de niñitos desnudos, usted es un pedrasta y debe corregir su término de búsqueda.
Ahora sí, vamos a lo nuestro. Mi idea surge (como muchas) de uno de esos documentales de Discovery donde mostraban como unos ingenieros norteamericanos utilizaban diversos análisis dinámicos para estudiar el tráfico. De sus incontables autopistas, claro. Pero a mi me pareció mucho más interesante (y más complejo lamentablemente) el tráfico peatonal. Me imagino que a su vez hay toda una parva de ingenieros todavía más sesudos que se dedican a esto y no aparecen en Discovery. Los contratan los shopping centers y los casinos para que propongan los diseños edilicios en los que es fácil adentrarse, pero muy difícil salir. Junto con sociólogos podrían explicar algunos comportamientos muy curiosos, como por ejemplo que en determinados pasillos y peatonales, la gente mantenga el sentido de circulación automotor (por la derecha), aún en ausencia de reglamentación alguna. O por ejemplo porque hay gente que no tiene problema en cruzar por mitad de cuadra con auriculares puestos y mirando para cualquier lado, pero llega a la esquina con prioridad para cruzar y se queda esperando que doblen los autos.
Pero como no soy ingeniero ni sociólogo me lavo un poquito las manos y humildemente les traigo mi “principio de nivelación hacia abajo en la velocidad de dos cuerpos que se mueven con distinta amplitud de onda”, desarrollado en mis adolescentes tardes en las calles de parque chacabuco. Y postula lo siguiente:
Dado un cuerpo A que se mueve a una velocidad X, pero que realiza un movimiento zigzagueante u ondulatorio y, entonces tiene una velocidad final en línea recta de M < X
Considere otro cuerpo B, que viene detrás y se desplaza hacia el mismo objetivo que A (supongamos el final de la cuadra) en línea recta. Si su velocidad es Y tal que M < Y < X es muy probable que B entre en una dinámica que lo lleve a una velocidad final M, nivelando hacia abajo. Esto ocurre porque cuando B alcanza a A, éste último se ve obligado a reducir la amplitud de su onda (o zig-zag) para impedir la colisión, aumentando M a un nivel superior a Y, y entonces B es incapaz de sobrepasar a A. Se quedará caminando a un ritmo que le es incómodo hasta que el borracho, chueco o vieja imbécil que tenga adelante se le ocurra doblar en alguna bendita esquina. Yo soy B, por si no se había notado.

4.6.10

Fortunate Son

Esta semana, según mis cálculos, íbamos a ir con una ficción futurística pero:

1) No la termine de escribir.
2) Gadgetear el blog con un webstat trajo una consecuencia inesperada (la consecuencia esperada era confirmar que casi nadie lee esto):

Mi papá lee este blog. Su viaje a Denver, Colorado lo delató como un punto llamativamente distante del epicentro porteño. Por lo tanto tengo dos cosas para decir:

1) Perdón por olvidarme lo que me pediste el Lunes
2) Get the fuck off!

La verdad es que en una importante mayoría de los pocos blogs que sigo, he leído que en algún momento algún progenitor encuentra en la intermaraña nuestro rinconcito. Realmente no se como lo hacen. Evidentemente pasan mucho más tiempo hueveando con la PC de lo que nosotros pensábamos.

Poniendo en autos a los que engancharon tarde la novela: a mi viejo, que era aparentemente un tipo de pocas palabras, le dio desde hace un tiempo por escribir. Y nos manda a todos por mail lo que escribe. Incluida mi vieja, de quién se separó hace menos de un año. Por decisión unilateral de él. De todos modos esto es meramente anecdótico. Lo importante aquí es que este vendría a ser otro detalle más de los infinitos en los que nos parecemos (entre los cuales está hundirnos en una profunda depresión durante el invierno). Y yo no sé si a él la coincidencia lo pondrá orgulloso. Yo odio cada vez que encuentro otra cosa más en la que nos parecemos. Y ya que como dije, nos parecemos en muchísimas cosas, eso se refleja que en un punto me odio a mi mismo. Lo cual es una forma bien pedorra de vivir.
Y nomás para ser justos quiero declarar que también tengo muchas cosas en las que me parezco a mi vieja, y también las odio. O sea lo único que me gusta de mi, son los pocos, poquísimos destellos de pensamiento en los que no me parezco a ninguno de los dos. Son traumas de un niño que no tuvo adolescencia, que le vamos a hacer.

Ah! y si hay un pobre ñato en Denver que no me conoce pero me lee, y se ligó este post sin comerla ni beberla, van las disculpas del caso. Y todo esto habrá sido al pedo. Lo cual no nos impide despedirnos bien arriba, cantando juntos:

It ain't me, it ain't me; I ain't no fortunate son


26.5.10

Confusiones de unas mentes peligrosas (Bicentenary edition)

Fin de semana del bicentenario:

El domingo por la tarde, mientras me proveía de algunos víveres necesarios en Jumbo, se me acerca una simpática viejecita y me dice:

- ¡Ay! muchacho, no sé, estoy perdida. Vos sos de acá? Sos Dumbo?


En el DAH! (que no es una onomatopeya homeriana, sino el Desfile Artístico Histórico), había gente esperando desde las 16 hs aferrados a una valla. Poco a poco el espacio central de la 9 de Julio se fue desalojando, pero algunas personas se hacían los distraidos, y los policías utilizaban métodos más bien suaves para incentivarlos a abandonar el lugar (después de todo es la fiesta patria de un gobierno NAC&POP). Como ya venían los camiones y la gente no se iba, decidieron poner una segunda valla, arrinconando a esa gente entre valla y valla, y dejando a los que estaban desde las 16 unos cinco metros mas atrás.

Las protestas no se hicieron esperar. Al principio me sentí casi orgulloso de la fina reacción de mis compatriotas. Gritaban (y con mucho derecho): ¡Que se sienten!
Pero la dinámica de las masas es muy particular, se generan resonancias y reacciones en cadena, que van amplificando la amplitud de onda de la respuesta original. ¡Que los saquen! Comenzaban a gritar ya unos cuantos, mientras comenzaban los primeros insultos cruzados. De algún lugar del fondo me cayó el remate: ¡Que los maten!


Uno de los señores que personificaba a un taxista en el cuadro del tango, estaba tan metido en su papel que hasta venía hablando por celular mientras manejaba, en un claro guiño de ojo de los guionistas, insertando una crítica social respecto de nuestra mala conducta al conducir.


Cuando pasaron los anarquistas gritando sus consignas, la euforia del público era tal, que ya poco importaba el contenido histórico del desfile. Mientras ellos que eran sólo 30 gritaban: ¡ANARQUÍA! ¡ANARQUÍA!
Nosotros que eramos 2 millones gritabamos: ¡ARGENTINA! ¡ARGENTINA!
Locos de contentos, y José Ingenieros se revolcaba en su tumba.


Me pareció que a Luiz Inácio se le escapó una sonrisita socarrona al ver pasar el Siam Di Tella, que encima parece que te lo entregaban de fábrica con la puerta abollada, pero debo estar confundido.

19.5.10

Más vale pájaro en mano

Mamá Gorrión cubre a su pichón bajo su ala y le susurra:

-- ¿Ves aquellas palomas como se acercan a la mano de quien les da de comer? ¿Ves como comen contentas y se ponen rechonchas de maíz pisingallo? Y en su visión cortoplazista tienen razón en evaluar que ese humano es inofensivo y no tiene intenciones de lastimarlas. Pero no son capaces de notar que es ese contacto obsceno el que les propina el aborrecimiento humano. Y las matan, las envenenan, las patean, las espantan, les ponen pinches para que no puedan sentarse y otras maldades que te contaré cuando seas mayor.
Nosotras las paseriformes, vivimos de lo que cae al piso, no llegamos a pesar 40 gramos, y sin embargo logramos sobrevivir en virtualmente todo asentamiento humano desde hace siglos. Porque jamas, pero JAMAS, por más bondadoso que parezca y efectivamente sea el humano, lo dejamos que se acerque. Volamos fuera de alcance y una vez que el alimento está a distancia suficiente, si estamos de buen humor, los dejamos que nos observen a la lejos. De otro modo, no pasaría mucho hasta que notasen los detalles: los plieges en nuestras patas, la aberrante densidad de fotoreceptores en nuestros ojos, la asimetría en nuestro plumaje. Entonces, si nos ponen en una jaula, nos morimos. HAY que morirse. Porque el vínculo mantiene la especie. Y la especie es más importante que el ejemplar. Porque el amor es esa fuerza que destila de la tensión que se genera entre dos cuerpos, a la distancia.

-- Sí mamá.