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14.9.14

Continuidad de los parquets (parte 2)


Las imágenes eróticas pronto poblaron su mente. Se había quedado en una escena subida de tono en la que la protagonista gozaba de un encuentro furtivo con un extraño que la había abordado en el mercado. Las palabras describían con meticuloso detalle la coreografía de los cuerpos desnudos  y la tórrida secuencia de pensamientos, contradicciones, culpas y fetiches de las que era víctima la protagonista. La lectura se vio inoportunamente interrumpida por una entrepierna turgente que, en el vaivén de la formación en marcha, le empujaba rítmicamente el ejemplar contra los lentes de ver de cerca.
Levantó la mirada y le dijo: “¿Qué te pasa boludo?”


2.10.12

letra de CVTV (Constantemente viendo televisión)

Según fuera interpretada en "El Recital" (Sala Zitarrosa 2002) por Gustavo Pena "El Príncipe"

CVTV (Constantemente viendo televisión)


CVTV (Constantemente viendo televisión)

Constantemente vindo televisión
Constantemente vindo televisión
Televisión, televisión, televisión

Alfonso es un …
Quieren que vos seas algo y algo nunca es alguien
Vos tenés entonces cosas para defender
Ellos quieren ser los dueños de tu pensamiento
Te quieren usar el cuerpo, te quieren tener…
¿Cómo?

Constantemente vindo televisión no, no, no
Constantemente vindo televisión
Televisión, televisión, televisión

Alfonso es un tipo VIP para sus amigos
Pero para me it´s not this, me quiso morder
No hay Madonnas ni Sex Pistols en Montevideo
Somos un espejo ciego, que le vas a hacer…

Constantemente vindo televisión no, no, no, no
Constantemente vindo televisión
Televisión, televisión, televisión

Deja esa abeja que no hace miel
Eso es la ausencia del amor
Entre piel y piel, sombras en el sol
Entre vos y él, o entre vos y ellos

Constantemente vindo televisión
Constantemente vindo televisión
Televisión, televisión, televisión

Nancy esconde cosas feas bajo sus perfumes
Toda esa pseudocultura tiene que caer!
Como aquel gigante de oro con los pies de barro
Mirala bien a los ojos y la vas a ver

Constantemente vindo televisión
Constantemente, constantemente

Deja esa abeja que no hace miel
Eso es la ausencia del amor
Entre piel y piel, sombras en el sol
Entre vos y él, o entre vos y ellos

Constantemente vindo televisión
Constantemente vindo televisión
Televisión, televisión, televisión


(vamos a jugar un poco)

Chau!

Créase o no, estoy posteando la letra porque buscándola en Google no la encontré (y probé de todas las formas posibles). Están los videos y los audios, pero la letra simplemente no está. Por lo tanto pido disculpas si el oído me pifió en alguna palabra.

26.7.11

Un hallazgo en el análisis dramático de Lazy Town



Lazy Town es una serie de televisión infantil de origen islandés, creada y protagonizada por Magnús Scheving (excampeón europeo de gimnasia). En Latinoamerica se emite por la señal Discovery Kids.
El argumento, como suele suceder en estos casos, es muy sencillo: Stephanie, la protagonista de 9 años, llega al pueblo donde su tío es Alcalde, con intenciones de quedarse cierto tiempo. Entonces descubre que allí todos los niños son muy perezosos. Ante la decepción y el aburrimiento de no poder jugar con nadie, su tío le sugiere que contacte a Sportacus, una especie de héroe de la actividad física y la comida sana.
El antagonista de Sportacus es Robbie Rotten, un adulto amante de los placeres oníricos que vive en un escondite bajo tierra. En cada capítulo, intenta mediante diversas asechanzas convertir a Lazy Town en el pueblo más perezoso del mundo.

El objetivo de este post “resurrección” es investigar en lo profundo de la trama de esta serie mediante el paradigma de la ausencia de elemento sobrante o Principio del arma de Chéjov.
Centrándonos en el primer episodio, podemos rescatar el principal dato disruptivo, aportado por el alcalde Milford: En realidad el tío de Stephanie le sugiere que contacte al Número 9, que tiempo atrás era el héroe y protector de Lazy Town. Stephanie le envia una carta pero responde Sportacus que es el Número 10, es decir su continuador. El Número 9 no aparece en los 51 episodios siguientes, tampoco se revela su identidad.

A partir de este primer interrogante, surgen otros tres datos secundarios:

1) En Lazy Town hay 4 niños sin contar a Stephanie. Nunca aparece ningún padre,
tutor o encargado. Los niños están solos. Los únicos adultos en Lazy Town además
de Sportacus son Robbie Rotten, el alcalde y su secretaria.
2) La personalidad de Robbie Rotten es francamente contradictoria. La cantidad de
esfuerzo que le demandan sus intrincados planes para volver a Lazy Town un lugar
aburrido y tranquilo, lo convierten en la persona más activa del pueblo.
3) En algunas ocasiones hasta se “entusiasma” olvidando temporalmente el fin último
de sus planes. Este rasgo se evidencia más claramente en el episodio “Rottenbeard”, en el que se divierte jugando a los piratas con los
niños y cantando “You are a pirate”. De hecho, esa es la canción que Robbie elige en el episodio que cada personaje nos cuenta su canción favorita.
4) La guarida de Robbie está plagada de objetos asombrosos y maquinarias sofisticadas como la que le permite disfrazarse de casi cualquier cosa.

La hipótesis planteada entonces es: Robbie Rotten era el Número 9

Un casi héroe como Sportacus, siempre presente a la hora de divertirse con los niños, pero que descubrió la contracara del progreso. En un pueblo pequeño y sin oportunidades, los niños activos y sanos al crecer emigran (o trabajan todo el día en alguna ciudad vecina importante). En el pueblo sólo quedan el inútil del alcalde y la alcohólica de su secretaria. El móvil en el accionar de Robbie Rotten no sería entonces la pereza, sino el temor a la soledad y la intención de retener a esta nueva generación de niños. Su bronca siempre es con Sportacus y Stephanie, los que vienen de afuera a querer cambiar las cosas (Sportacus no es de Lazy Town, sino de una isla en el Mar del Norte) y que algún día así como llegaron se irán (cosa que efectivamente ocurre con Stephanie).

A los que me llamen fumado quiero decirles que lo mismo me dijieron cuando planteé que los Pitufos eran una alegoria comunista, y al final yo tenía razón.

19.11.10

La Cantina de Bernarda (Parte 4)

Parte 1
Parte 2
Parte 3

Los últimos años de los ochenta y los primeros de los noventa, fueron los de mayor popularidad para la cantina. Sanchez Tori, en cada visita que hacía a Buenos Aires, traía de visita a sus amigos artistas, muchos de los cuales al igual que Estela, seguían viniendo por su cuenta. El sitio se convirtió en parada obligada para la bohemia porteña y todos adoraban a Bernarda y Estela como a un mismo Dios, que revelaba su indómito brío en una, y al mismo tiempo su apacible hermosura en la otra.
Aunque los precios, como también los ingresos, se fueron multiplicando; el tano le tenía autorizada a Ramón cierta condescendencia para con los clientes de la primera hora. Esta holgura económica permitió que la cantina cumpliera en el barrio un rol social de cierta importancia. Las actividades, al ser realizadas de día, no contaron jamás con la presencia de Bernarda; pero a pesar de ello, la gente se sentía agradecida especialmente con ella porque percibían que, de algún modo, todo eso era posible gracias a su figura.
Todo esto fue cambiando con el correr de la década del noventa. Las políticas neoliberales, pero sobre todo la magnitud del cambio en el neocortex social, fueron generando un creciente desinterés por todo lo que ese espacio representaba. Una parte importante de la troupe que frecuentaba el lugar comenzó a ausentarse, lanzados a la búsqueda de los medios que aseguraran su subsistencia. La familia Mondragón que ya era rica, se volvió exageradamente rica; trasladando su morada a un palacete en Mónaco durante los seis mejores meses del año. Estela, a pesar de ser fuertemente hostigada para trasladarse con ellos, permaneció en Buenos Aires conviviendo con los criados, quienes de esta forma se convirtieron en guardianes que velaban por su comportamiento, aprontados para utilizar el discado directo internacional en cuanto se desviara de los cánones aceptables.
La niña de todos modos no les ocasionó mayores trastornos, pasando sus tardes leyendo y escribiendo, y por las noches asistiendo a la cantina con una actitud más distante de lo habitual. Bernarda en esta etapa comenzó un nuevo rampage de desquicio, tal vez inconcientemente buscando un equilibrio en el ambiente, tal vez concientemente intentando despertar a su amada del letargo en el que se encontraba. Lo concreto es que la mayoría de los presentes estábamos convencidos que Estelita sabía que se había escapado de su lugar en el mundo, y que inevitablemente habría de regresar allí. Y que entonces, esa marchites que proyectaba era fruto ni más ni menos del profundo entuerto con el que hacia sus adentros se debatía.
Una noche Bernarda se apareció por la residencia de Avenida Alvear. Fuera de sí, gritaba hacia la ventana de la señorita Mondragón que termine su sufrimiento, y que si era tan importante para ella que se fuera a chuparle la penca al burro con toda su familia de weones culiaos. Estela entre lágrimas solicitó al personal de seguridad que la retiraran de las inmediaciones y que por favor se ahorren el llamado a Mónaco. Alertados nosotros la noche siguiente llegamos todos temprano a la cantina para hacerle el aguante a Bernarda, que ya estaba desde primera hora de la tarde bebiendo en silencio. Intentamos que la noche transcurriera lo más rutinariamente posible, y Rubén llamó a Ricky Rovner, una especie de Johnny Tedesco más venido a menos que el propio Johnny Tedesco, para que viniera más temprano. Mas no pudimos conseguir que Bernarda se levantara de su silla, sólo bebía y lloraba, y volvía a beber. Esa noche se festejaba un cumpleaños, y pasada las diez había bastante gente que estaba ajena a la situación y se divertía de lo lindo, para tranquilidad de los dueños. Pero a eso de las doce y veinticinco, según quedaría asentado luego en los registros policiales, se apareció Estela, ostentando un atuendo que dejó inmediatamente sin aliento a la platea masculina. Entró y directamente se puso a bailar, un poco con los cumpleañeros, otro poco con nosotros, que inquietos intentábamos seguirle la corriente pero siempre atentos a la mesa de Bernarda, donde era muy fuerte comprobar que la silla que estaba vacía era la opuesta a la acostumbrada. Las alucinaciones de Estela, que estaba fuertemente dopada, provocaban sonoras carcajadas en los festejantes. Ricky alentado por la aparente algarabía, pidió más metros de cable y bajó a bailar en medio de la muchedumbre. Por algún motivo pensó que era una buena idea sacar a bailar a Estela, quien respondió la gentileza con un imponente baile sensual, con el que recorrió todo el cuerpo del señor Rovner y culminó con un apasionado beso en la boca y una evidente manoteada de bulto. De pronto fue como si una galerna azotara la totalidad de ese recodo de La Boca. Bernarda voltió varias mesas, recorriendo el espacio a pasos agigantados, los separó de un empujonazo y no escucho voz alguna, se perdió en el pasillo del fondo que daba al depósito y volvió con una botella en la mano como arma, la cual partió en la cabeza del pobre Ricky que cayó desplomado en el suelo. Eran inútiles los esfuerzos de las cinco personas que intentaban contenerla, con flexibilidad se les escapara como manteca a los que la agarraban por detrás y con una fuerza diabólica desplazaba a los que se le ponían por delate. Con la botella partida tenía la firme intención de terminar con su inesperada víctima, pero Estela ya había encontrado la faca propiedad de su padre, que había empezado a llevar consigo a partir de algún robo y en un confuso trenzamiento la abrió entera la yugular a aquel demonio chileno. La gente salía horrorizada a los gritos pidiendo ayuda, pero la ambulancia demoró una eternidad y la experiencia en primeros auxilios de los presentes era paupérrima. Junto con la ambulancia llegó la policía que encontró a Estela hecha un bollo en el suelo junto a su gran amor. Así se retiraron la última vez que pisaron el suelo de esta cantina, una en camilla, la otra del brazo de un cabo primero.
Bernarda falleció camino al hospital. La familia Mondragón retorno a la Argentina en el primer vuelo luego de ser anoticiados y, en breve, designaron al mejor abogado disponible para el caso de su hija que se resolvió en tiempo record. Estela pasó dos meses en el Pirovano dos meses de internación durante los cuales no supimos nada de ella. Luego de algunos incentivos monetarios a determinados funcionarios, fue trasladada a una clínica privada donde al poco tiempo le permitieron salidas a su casa durante los fines de semana. En ese tiempo, Estela estaba más de aquel lado que de este, recordando incesantemente a Bernarda, reviviendo cada instante que había pasado a su lado. Recordó todas las veces que habían conversado sobre el poético suicido de Lupe Vélez, acostada en una cama rodeada de flores, pero que no había salido del todo bien porque se descompuso y murió de un golpe al resbalarse con su propio vómito camino al baño. Pero Estela tenía la ventaja de conocer también la vida y muerte de la Pizarnik, y sabía que la dosis correcta para lograr su cometido eran cincuenta pastillas de Seconal, ofreciéndole ese último regalo de reunificación y perdón a su alma complementaria.
Los restos de Bernarda descansaban en una fosa común, pero cediendo tardíamente a las voluntades de su hija, consiguieron darles sepultura juntas en el panteón familiar. Allí igualmente van sólo los Mondragón, porque todo el mundo sabe que si quiere recordar a Bernarda y Estela, debe concurrir a Suarez y Necochea y dejarse hipnotizar por el aire festivo, y esa mesa con dos sillas vacías que ocupa el centro de la escena.

F I N

30.9.10

El Beso del Hombre Gato Montés (Parte II)

Parte I

L – E –O – guión bajo – M – O – N – T – I – L – L – O – at – P – I – X – B – O – X. Tecleó con cierto sigilo, aunque estaba sola en su casa. Sonrió al darse cuenta de la ironía de llamarse Leonardo (¿o tal vez Leopoldo?) y elegir ser gato montés. Obviamente antes de establecer comunicación se puso a husmear sus fotos y datos públicos. Ahora que lo podía observar más tranquila y en detalle, se dio cuenta de que le gustaba más de lo que ella pensaba. El apellido también aparecía como una especie de coincidencia. Ingeniería en Materiales, investigador en Energía Atómica; las cuentas cerraban, exactamente la clase de loquitos que se anotaron en primer lugar cuando se ofreció la experiencia al público general. Además sabía que en ese rubro le permitían amplias licencias. Tenía 32 años. No estaba segura si le habría dado más o menos. En el aspecto de su piel y pelo parecía más viejo, pero en otras cosas que no sabría precisar lucía mucho más joven. En cuanto ya no hubo más para indagar, inercialmente inició comunicación, presa del pánico cancelo el pedido inmediatamente. Tenía muy en claro lo irracional de su accionar. Él vería el registro del pedido cancelado, y era peor, porque entonces él ya sabía como contactarla. Se acostó hundiendo fuerte la cara en la almohada. Creyó que con la adrenalina a tope le costaría dormirse, pero en un instante ya era de mañana y estaba en camino al trabajo. En la puerta la esperaba Delfina.
- Decime ya que tiraste ese papelito mugroso.
- Si Delfi, lo tire en el primer tacho después de bajarme.
- Bueno, vení que quiero presentarte a alguien.
El payaso era un gesticulador nato. Tenía uno en particular; manos extendidas paralelamente a la altura de las costillas, palmas enfrentadas, movimiento sincrónico hacia arriba y abajo; que le parecía de algún tipo de fijación fálica, pero bueno allá él. Ella pensaba en Leo. No lo conocía y sentía que se estaba enamorando. Pero si no lo conocía, ¿de quién se estaba enamorando? ¿De aquella persona, de quien conocía algunos datos básicos y visto algunas de sus fotos antes de irse de vacaciones a un cuerpo de gato montés? ¿O de aquel pobre bicho que ahora encarnizaba en cuerpo humano, vaya uno a saber con cuanta conciencia de ello, pero que le había susurrado sin vacilar “Llamame” en un tipo de conexión de energías, que todavía al recordarla la estremecía?
Cuando estaba por llegar a su casa, le llegó un texto de él: “No seas boba, veníte hoy a casa, te espero con un vino y un plato de pasta. W.E. Pauli 137 3° 5”.
De habérselo encontrado en su departamento lo hubiese echado a las patadas, o incluso si hubiese sido en el subte. Pero la posibilidad de entrar en esa casa era demasiado tentadora. Tal vez podría averiguar la fecha de retorno del Sr. Montillo. Había escuchado de algunas pocas osadas que habían mantenido relaciones con ciertos tipos, con cierta frecuencia, y que entonces al retornar el dueño de aquel cuerpo sometido sexualmente durante meses, mantenía la relación; muchas veces sin saber lo que había ocurrido antes, confundiendo ese sensación confortable del olor familiar con amor.
El departamento parecía un poco desordenado, evidentemente no había programado la visita de ninguna empleada doméstica durante su ausencia. Se sentaron a comer, al principio en silencio. Ella estaba nerviosa, comió poco y bebió de a largos sorbos el vino que parecía darle coraje. Él intentaba hablar de asuntos triviales, cuando por fin ella se animó a responder con algo más que monosílabos, se propuso ir elevando la complejidad de la conversación, testeando cual sería el límite en el raciocinio. Parecía ir bastante bien, de todos modos el experimento estaba destinado a fracasar ya que el vino empezaba su segundo ciclo de efectos, y una imagen fugaz le recordó las bromas obscenas que hacían las chicas con respecto al sexo con alguien como él. Se sabe que son brutos, no tienen demasiada técnica para la estimulación, pero pasión no les falta y aguante menos. Fantaseaba con su cuerpo desnudo, espalda y trasero, cuando percibió que la sombra que lo representaba sentado al otro lado de la mesa ya no estaba. Una mano en la cintura la hacía girar sentada sobre su propio eje, y unos labios, esos labios la besaban fuerte.

16.9.10

La cantina de Bernarda (Parte 3)

Parte 1
Parte 2

Los meses siguientes fueron una especie de “edad de oro” en la cantina. La disposición de las mesas se cambió de modo que quedaba una casi en posición escénica, la cual obviamente se reservaba para Bernarda y Estela. Los días que llegaban temprano se sentaban a charlar y a beber, ella whisky y ella soda, acompañado por algún entremés que proveía Ramón el camarero polifuncional de la cantina. La gente que iba llegando formaba una especie de desfile en el que los dueños de la cantina, Ramón, Rubén y el resto de la tropa eran saludados con un gesto de cabeza y se terminaba en la mesa de ellas saludando con un besito a cada una. Nunca terminó de quedar claro si las constantes interrupciones que esta costumbre generaba les provocaban cariño o irritación. Probablemente una mezcla de ambas. Durante el transcurso de la noche el volumen de voz de Bernarda se iba elevando, al igual que la frecuencia de sus características carcajadas. Una vez que empezaba la música, Bernarda elegía los temas claves para lanzarse a la pista, Estela invariablemente se quedaba en su silla observando mientras terminaba el tercer vaso de soda y pedía el primero y único de gin tonic.
La relación entre Ramón y Rubén da para escribir varios libros aunque todavía no se si de filosofía, de física o de lógica. Uno podría jurar que eran una demostración de la existencia de universos paralelos por medio del ejemplo anómalo. O sea, ellos estaban en el mismo plano, en la misma cantina, Rubén y Ramón, uno camarero polifuncional, el otro encargado, uno flaco, otro gordo, uno con importante cabellera canosa, otro con sólo unos pocos pelos pero bien negros. Disfrutaban enormemente filosofar en la puerta mientras fumaban, tenían un trato como de hermanos, pero en cuanto se separaban se ponían a hablar mierda del otro. Rubén en su intimidad se creía superior a Ramón y cuando imprevistamente se acababa el stock de cerveza lo mandaba volando a comprar algunas al quiosco sacando el dinero de su bolsillo. Ramón en su intimidad se creía superior a Rubén y cuando llegaba gente nueva y no había mesa para sentar lo mandaba a traer las del fondo indicándole exactamente donde deseaba que instale la nueva localidad.
Algunas noches Ellas no llegaban hasta después de las doce de la noche pero sin embargo estaban un poco allí, pues su mesa no era ocupada por nadie y todos conocemos la importancia que puede adquirir un espacio vacío. Lo mismo una vez que viajaron juntas al NOA y la cantina careció de su presencia por algunas semanas. Pero en esa ocasión no fue como antes que la gente comenzaba a desaparecer. Todos sabíamos su paradero mas no su fecha de retorno y cada noche había como una adrenalina ante la expectativa de su regreso triunfal. Porque Bernarda y Estela habían conformado una institución. Una especie de Bi-Monarquía si se me permite la animalada. Otro aspecto relevante es que antes de conocer a Estela, Bernarda era una persona completamente impredecible por lo que cada vez que desaparecía uno no podía saber si algún día regresaría. Pero ahora sabíamos que el poder atemperante que ostentaba Estela nos las traería de vuelta sanas y salvas como efectivamente ocurrió. De todos modos no volvieron a viajar juntas, según me enteré más tarde Estela había tenido serios problemas con su familia al regresar.
Si bien es cierto que Bernarda estaba más tranquila, no había abandonado del todo sus viejas y atractivas costumbres. Una noche a un borracho infeliz se le vino a ocurrir recordar jocosamente el apodo de “Telita”, el cual no se había vuelto a mencionar desde aquella otra noche mágica. Instantáneamente se produjo un silencio de ultratumba. Nadie se movía, sólo Bernarda que tenía una mirada seca y caminaba lentamente hacía el agraviador. Estela rogaba hacia sus adentros que simplemente lo dejara pasar. Cuando lo tuvo cara a cara rejuntó la mejor colección de esputos conocida por el hombre, ayudada por su tabaquismo crónico y el hábito de no cepillarse los dientes, y se lo plasmó en la cara en un inolvidable gargajo. Hubo cinco segundos de conmoción silenciosa. En cuanto el borrachín atinó a abrir la boca para lanzar la primer puteada, Bernarda lo barrió de una patada certera, se le montó encima y comenzó a golpear su cabeza contra la silla más cercana, hasta que por fin algunos valientes lograron separarlos. Oscarcito, recién aquel día me enteré su nombre, perdió un diente en el episodio pero sin embargo no dejó de asistir a la cantina. Eso sí, siempre sentándose en la mesa más lejana a la principal, allá en el rinconcito.

14.8.10

El Beso del Hombre Gato Montés (Parte I)

Venía caminando por 25 y sabía que al doblar a la derecha en Alem sentiría el viento frío que sube desde el río al atardecer, sobretodo en las mejillas. Pensaba en la polémica que se venía dando en el Congreso desde hace unos meses por las actividades de una empresa anglo-holandesa dedicada a la bio tecnología. El cuello estaba rodeado por una bufanda interminable, casi como la chalina de la Duncan, no llevaba guantes pero tenía las manos dentro de la manga de la campera, asi que las mejillas eran el único problema. El servicio era carísimo, pero eran los únicos que hacían una cosa así, T-R-A-N-S-M-E-N-T-I-Z-A-C-I-Ó-N, o en buen criollo la mudanza del estado conciente a un cuerpo animal; es decir, no-humano. Se imaginó que al avanzar unos metros por Alem, frenando a paso cortito por la bajada, se la iba a encontrar a Delfina apoyada contra el poste, y así ocurrió. La duración de la experiencia se determina antes por escrito, puesto que después de la mudanza y dependiendo de la especie elegida, se hace un tanto difícil la comunicación con el cliente. Pudo prever que la primera pregunta iba a ser como le había ido en el simulacro de incendio, ya que ella había conseguido novio así, y hacía meses que la venía machacando con este día. Frecuentemente también pensaba, con cierta pena, en los animalitos que perdían la vida en el proceso; y también, con cierto asco en los gélidos cuerpos humanos, como en ataúdes, en estado de suspensión. A pesar de haber cumplido con el compromiso de estar bien vestida y perfumada, su amiga le disparó la pregunta antes de bajar el pie del cordón, cruzando por mitad de cuadra se acordó que era más peligroso, sobre todo ahí que por la subida no hay más de 40 metros de visibilidad, pero ya estaban más cerca de la otra orilla. Obviamente no era la única afligida por la situación, otras personas más aguerridas, como los que se agrupan en defensa del bienestar de los animales, habían logrado imponer su grito en el Congreso. Se distrajo al tomar inconcientemente un volante que le entregaba una señora bajita, justo donde empieza la escalera del subte; Topo, sentenció Delfina sin vacilar, son excelentes en ese negocio. Al pasar por la televisión del café, vió como en el Congreso seguían considerando el retruco con el que habían salido los ingenieros de la compañía: en lugar de sólo mudar la conciencia humana al cuerpo animal, mudan también en el mismo procedimiento, la conciencia animal al cuerpo humano. Mientras hacían la cola para sacar boleto, soportaba las críticas de su amiga, por estar sola, porque no la escuchaba, porque salía poco de su casa, porque no se interesaba en nada, porque no hacía caso, porque miraba para cualquier lado. Ella para sus adentros, razonaba que era una solución WIN-WIN: no se perdía ninguna vida y los clientes se ahorraban todos esos costos de la criogenización, incluso parece que había algunos ecologistas que defendían a la empresa porque notaban que la experiencia reforzaba la empatía con los animales, y también aumentaba los donativos. Paso cortito adelante y no pensó más, se quedo como con la última ese de donativos, flotando en el aire, tuvo como una calma y alcanzó a decir: ESE. ¿Ese? Preguntó sorprendida Delfina que parecía no dejar de hablar. Sabía que era común, especialmente con las especies más dóciles, la asignación de alguna tarea sencilla en intervalos regulares, con lo que el cliente podía financiar, al menos parcialmente, su sustento. Sí, ese. No mi amor, ese es gato montés dijo Delfina. ¿Segura? Preguntó ella mientras recordaba que Delfina tenía excelente ojo para estas cosas. Y si, estaba segura. Incluso ella se habría dado cuenta de lo evidente de no estar obnubilada por la carencia de sexo. Abundante vello facial, posición corporal acechante, y ahí nomás lo terminó de confirmar cuando evidentemente se sintió observado y se dio vuelta como buscando al observador. Cuando le encontró la mirada, largó una sonrisa franca, como si se hubiese relajado al confirmar que era un cuerpo minúsculo de muy-poco-amenzante carita. Ella puso la mirada fija en el suelo, oleadas de adrenalina le recorrían el cuerpo, sabía el tipo de condena social que había para quienes intimaran con esos animales encerrados temporalmente en cuerpo humano, y sentía en la oreja la mirada de reproche de Delfina. Pero fue inevitable, ya lo tenía al lado extendiendolé un papelito doblado en cuatro y susurrándole al oído: Llamame.

19.5.10

Más vale pájaro en mano

Mamá Gorrión cubre a su pichón bajo su ala y le susurra:

-- ¿Ves aquellas palomas como se acercan a la mano de quien les da de comer? ¿Ves como comen contentas y se ponen rechonchas de maíz pisingallo? Y en su visión cortoplazista tienen razón en evaluar que ese humano es inofensivo y no tiene intenciones de lastimarlas. Pero no son capaces de notar que es ese contacto obsceno el que les propina el aborrecimiento humano. Y las matan, las envenenan, las patean, las espantan, les ponen pinches para que no puedan sentarse y otras maldades que te contaré cuando seas mayor.
Nosotras las paseriformes, vivimos de lo que cae al piso, no llegamos a pesar 40 gramos, y sin embargo logramos sobrevivir en virtualmente todo asentamiento humano desde hace siglos. Porque jamas, pero JAMAS, por más bondadoso que parezca y efectivamente sea el humano, lo dejamos que se acerque. Volamos fuera de alcance y una vez que el alimento está a distancia suficiente, si estamos de buen humor, los dejamos que nos observen a la lejos. De otro modo, no pasaría mucho hasta que notasen los detalles: los plieges en nuestras patas, la aberrante densidad de fotoreceptores en nuestros ojos, la asimetría en nuestro plumaje. Entonces, si nos ponen en una jaula, nos morimos. HAY que morirse. Porque el vínculo mantiene la especie. Y la especie es más importante que el ejemplar. Porque el amor es esa fuerza que destila de la tensión que se genera entre dos cuerpos, a la distancia.

-- Sí mamá.

11.5.10

La cantina de Bernarda (Parte 2)

Parte 1

Otro destacado cliente, que frecuentaba la cantina por los 80, fue Sánchez Tori, un famoso escritor, muy querido por todos. Se sentaba sólo toda la noche, pero en lugar de escribir, como esperábamos que hiciese, se ponía a dibujar en su cuaderno. Nos pintaba a todos y después, a veces, nos regalaba los dibujos firmados. Por su supuesto, la más dibujada siempre fue Bernarda.
Un día Sánchez Tori apareció con una amiga, Estela Mondragón, que era una piba de alta alcurnia. Todavía conservaba algunos rasgos adolescentes y vestía un marcado estilo años 20. Bernarda se puso insoportable ese día, bebió el doble de lo habitual, y al bailar abusó constantemente de su paso favorito: una mano arriba-la otra a la ingle-movimiento pélvico. Constantemente recorría la periferia de la pista de baile, azuzando al público presente. La conmoción fue aún mayor cuando fue evidente que toda la concurrencia respondía ávida al estímulo de Bernarda, excepto ellos dos, que tomaban café en su mesa, charlando tranquilamente como dentro de una burbuja. Una vez hubo averiguado el nombre de “esa pendeja que se parece a Dolores del Río”, comenzó a lanzarles improperios. Los que le correspondían a él giraban básicamente en torno al argumento de “gordo fracasado manitas de manteca”. De ella tenía menos información, pero aún así se las arregló para inventar un juego de palabras combinando su nombre y su aparente reputación intachable; “Telita de Nylon” le decía, por lo incogible, se entiende. Asimismo buscaba apoyo en la muchachada, y entre todos hablaban de ella, llamándola “la argentinita”. Es extraño como todos repetíamos ese apodo incongruente. A pesar de que la única no-argentina era Bernarda, en cuanto Estela ponía un pie en la Cantina, a todos nos envolvía una especie de manto de hermandad latinoamericana, y entonces su apodo pasaba a ser perfectamente lógico.
De todos modos, Estela siguió visitándonos, y al tiempo ya venía solita. El “gordo fracasado” empezó a editar en inglés y se mudó a Londres. Poco a poco se fue ganando el cariño de todos. Y en general pasó a ser una más. Y digo en general porque para Bernarda no fue así. Si bien parecía ignorarla, todo el tiempo tenía la atención en ella, y podía decir donde estaba ella entre la muchedumbre, aún teniéndola de espaldas o después de haberla perdido de vista.
Finalmente un miércoles, cuando ya quedábamos pocos, Estela se levantó de su silla, tomó a Bernarda de la mano y se la llevó al salón continuo que sólo se utiliza los fines de semana. Rubén, el encargado, terminó de despachar a todo el mundo pero no se atrevió a asomar cabeza. Se fumó tres cigarrillos más en la puerta y después se fue a su casa sin cerrar. Ese día técnicamente La Cantina de Bernarda estuvo abierta toda la noche.

9.2.10

Ética para Amado

Hola! Mi nombre es Amador Voodoo y soy tu ministro de Economía. Nací en Catamarca en 1963. Desde chiquito me gustan la música y las motos. Tengo en mi monoambiente de Docksud una colección de 20 bombos legüeros y en el garage atesoro 1 Gilera, 1 Motomel SR200 y 2 Java. Me gusta frecuentar los bares de Mataderos y Valentín Alsina, muchas veces me podrás ver acompañado de mi novia María Julia Oliván, la conductora de 6 en el 7 a las 8. El mes pasado, para su cumpleaños le regalé un bombo a ella también para que aprenda a tocar como yo, junto con una pedalera que tira efectos de Chorus, Reverb y Distorsión. A pesar de todas estas cosas no soy tan feliz, porque no soy Amado, soy Amador.