11.5.10

La cantina de Bernarda (Parte 2)

Parte 1

Otro destacado cliente, que frecuentaba la cantina por los 80, fue Sánchez Tori, un famoso escritor, muy querido por todos. Se sentaba sólo toda la noche, pero en lugar de escribir, como esperábamos que hiciese, se ponía a dibujar en su cuaderno. Nos pintaba a todos y después, a veces, nos regalaba los dibujos firmados. Por su supuesto, la más dibujada siempre fue Bernarda.
Un día Sánchez Tori apareció con una amiga, Estela Mondragón, que era una piba de alta alcurnia. Todavía conservaba algunos rasgos adolescentes y vestía un marcado estilo años 20. Bernarda se puso insoportable ese día, bebió el doble de lo habitual, y al bailar abusó constantemente de su paso favorito: una mano arriba-la otra a la ingle-movimiento pélvico. Constantemente recorría la periferia de la pista de baile, azuzando al público presente. La conmoción fue aún mayor cuando fue evidente que toda la concurrencia respondía ávida al estímulo de Bernarda, excepto ellos dos, que tomaban café en su mesa, charlando tranquilamente como dentro de una burbuja. Una vez hubo averiguado el nombre de “esa pendeja que se parece a Dolores del Río”, comenzó a lanzarles improperios. Los que le correspondían a él giraban básicamente en torno al argumento de “gordo fracasado manitas de manteca”. De ella tenía menos información, pero aún así se las arregló para inventar un juego de palabras combinando su nombre y su aparente reputación intachable; “Telita de Nylon” le decía, por lo incogible, se entiende. Asimismo buscaba apoyo en la muchachada, y entre todos hablaban de ella, llamándola “la argentinita”. Es extraño como todos repetíamos ese apodo incongruente. A pesar de que la única no-argentina era Bernarda, en cuanto Estela ponía un pie en la Cantina, a todos nos envolvía una especie de manto de hermandad latinoamericana, y entonces su apodo pasaba a ser perfectamente lógico.
De todos modos, Estela siguió visitándonos, y al tiempo ya venía solita. El “gordo fracasado” empezó a editar en inglés y se mudó a Londres. Poco a poco se fue ganando el cariño de todos. Y en general pasó a ser una más. Y digo en general porque para Bernarda no fue así. Si bien parecía ignorarla, todo el tiempo tenía la atención en ella, y podía decir donde estaba ella entre la muchedumbre, aún teniéndola de espaldas o después de haberla perdido de vista.
Finalmente un miércoles, cuando ya quedábamos pocos, Estela se levantó de su silla, tomó a Bernarda de la mano y se la llevó al salón continuo que sólo se utiliza los fines de semana. Rubén, el encargado, terminó de despachar a todo el mundo pero no se atrevió a asomar cabeza. Se fumó tres cigarrillos más en la puerta y después se fue a su casa sin cerrar. Ese día técnicamente La Cantina de Bernarda estuvo abierta toda la noche.